domingo, 2 de febrero de 2014

La idea de comunicación en lo cultural y su instrumentalización en políticas culturales


Reseña del libro Entre los deseos y los derechos. Un ensayo crítico sobre políticas culturales
de Ana María Ochoa Gautier

A continuación haré una reseña dónde comentaré de forma general los temas y cuestiones, a mi juicio más notables, planteados por Ana María Ochoa Gautier en el libro Entre los deseos y los derechos, un ensayo crítico sobre la obra políticas culturales, libro del 2003, que he leído en su primera edición de La Silueta, al final de esta reseña me concentraré en la idea de comunicación utilizada por Ochoa.

El texto a pesar de ser un texto reciente, se ha convertido en un documento de visita obligada para los estudiosos de la cultura, ya que es una mirada a las políticas culturales de Colombia desde adentro, ya que Ochoa, en el momento del estudio, trabajaba al interior del ministerio coordinando el programa que ella misma analiza en su libro CREA. Vale la pena a anotar que la investigación para la realización del libro contó con el apoyo de la Dirección de Fomento Regional, de la Dirección de Artes del Ministerio de Cultura, del Convenio Andrés Bello y del Instituto Colombiano de Antropología e historia. Además parte del proceso de escritura se realizó con una beca de la Fundación Rockefeller que le permitió a Ochoa participar en el Seminario de Privatización de la Cultura dirigido por George Yúdice en el Departamento de American Studies de New York University.

El libro se divide en cinco partes, donde la primera parte corresponde a un oportuno prólogo de George Yúdice; una introducción a los contenidos del libro; cuatro capítulos donde se desarrolla el contenido y finalmente una conclusión y una bibliografía.  En la primera parte titulada “El lugar de la cultura en las políticas de paz y democracia” George Yúdice, autor de libros como On Edge: The Crisis of Contemporary Latin American Culture (1992), Cultural Policy (2002), con versión en castellano: Política Cultural (2004), y El recurso de la cultura: Usos de la cultura en la era global (2002). Para presentar este libro Yúdice realiza una serie de preguntas sobre la cultura y las políticas culturales que de inmediato nos muestran la importancia del documento, dejando de paso claro que ni la cultura, ni las políticas culturales se agotan  en lo que el nombra como “las instituciones de la ley”, sino que abarca prácticas culturales de la sociedad Civil, pero enmarcando la discusión de la creación del Ministerio de Cultura de Colombia como un “Ministerio de la Paz” que el problema es más complejo, y no se resuelve repartiendo cargas y responsabilidades sobre asuntos necesarios para el país, por el contrario, esos asuntos es necesario resolverlos con la intervención (con políticas) en el campo de lo cultural, pero también en el campo económico, social y político.  Sobre este prologo vale la pena anotar que el propio Yúdice es una de las fuentes teóricas que Ochoa Gautier utiliza para justificar algunas de sus apuestas, que en este caso no podemos definir como apuestas exclusivamente teóricas, ya que como anotamos arriba, Ochoa es parte de la institución que ella misma estudia y por ende su objeto de investigación, podríamos decir, es su propia práctica.

En la Introducción Ochoa realiza dos cosas, primero delimita su estudio, anunciando  (Ochoa, 2003, página 17):
El propósito de este libro es explorar la transformación de la frontera entre arte, cultura y política abordando los cambios en el campo de las políticas culturales durante la década del noventa en Colombia, tomando como eje etnográfico el trabajo cotidiano de algunas áreas del Ministerio de Cultura y como contexto de pasamiento las metamorfosis en el sentido de las artes y la cultura que están sucediendo a nivel global.  
Seguidamente, delimita la década de estudio a dos hechos, que en su opinión transformarán el papel de las políticas culturales en nuestro país:
El primero es la oficialización del país “pluriétnico y multicultural” a través de la constituyente de 1991 (…) El segundo es la creación del ministerio de Cultura de 1997. 

A partir de esta delimitación Ochoa introduce a cuestiones fundamentales de las políticas culturales, como su diferencia con el campo de la gestión cultural, importantes en su estudio, como es el la crítica a la idea de las políticas culturales como una suerte de “tecnologías de la identidad” que promueven y validan unas ciertos tipos de “ser” sobre otros; la problemática anterior conlleva el tema de los textos, ya que como afirma Ochoa, la constituyente de 1991, lo que permite es la “pluralización de textos”, ampliando en sí mismo lo culturalmente válido, pero todavía con una noción de INSTRUMENTALISMO de la cultura o de las manifestaciones culturales para su validación.

En este primer capitulo Ochoa se pregunta sobre la posibilidad de escuchar al estado, ya que éste parece anquilosado en una burocracia que le impide incorporar la crítica como aspecto constructivo y por tanto, plantea casi como un reto para el ciudadano el hacerse escuchar por parte del Estado. Invirtiendo la premisa inicial, sobre la cual el gobierno debe esforzarse por escuchar a los ciudadanos. Es como si la constitución de 1991 hubiera puesto al gobierno con los oídos abiertos a escuchar a sus ciudadanos, con la idea de construir en conjunto las políticas culturales, no obstante, la voluntad al no ser suficiente para dar con una comunicación efectiva de los deseos, que siendo efectivamente comunicados, movilizarían hacia los derechos. En ese dilema, de la ineficiencia de la comunicación pareciera que Ochoa, desde su lugar en el Ministerio, le sede al ciudadano, junto con la posibilidad del desarrollo de su propia cultura, la responsabilidad de su efectiva comunicación con el Estado, dejando apenas planteado el tema del lenguaje. Y respondiendo en cambio con la presentación de una experiencia dirigida por ella misma, CREA: Una expedición por la cultura colombiana.

Luego Ochoa comienza a desarrollar su propuesta dividida en cuatro partes, en la primera parte titulada “Las políticas culturales a partir de la Constitución de 1991”, Ochoa (2003) explora la manera como la constituyente de 1991 propone saltar de la idea de que las políticas culturales deben producir sujetos adecuados a ciertos ideales cívicos burgueses del estado-nación o de las élites regionales, sino que las políticas culturales ahora cumplen un papel mediador de lo político, lo social y lo económico.  No obstante lograr esa nueva definición no ha sido del todo fácil, tanto que aún no podemos sentirnos completamente satisfechos con esa ni con ninguna definición, porque esa definición es en sí misma una clausura, y como señala Ochoa, porque hay tres elementos (o conceptos) problemáticos para la creación de una definición satisfactoria.

El primer concepto problemático es la diversidad, y definir algo que aplique para una multitud o infinitud de culturas es una tarea continuada. Por ejemplo, en el momento de la constitucionalización de la diversidad, 1991, que es el momento que Ochoa define como el tiempo de transformaciones del sentido de la cultura, hubo que buscar y re-buscar una justificación de eso “cultural” en el campo discursivo del gobierno, y esa justificación se sorteo con el respaldo de la idea de “paz”, “desarrollo”, “identidad” y “diversidad”. Y en el marco de la relación de esa cultura recién definida con el mercado, esa justificación pasa por una analogía (superficial) entre la neoliberalización como política económica y la diversidad como política cultural.

El segundo concepto problemático para la definición de cultura, en Colombia, en 1991, pero también en nuestro momento actual es el conflicto armado, ya que bajo la necesidad de acabar con el conflicto, se hace otra analogía, también superficial, entre cultura y paz. Esta analogía es problemática ya que conduce a una banalización de la paz y de la cultura también. Además, la construcción de la idea de paz es una construcción subjetiva, es sobre todo un deseo, que como expliqué arriba, en medio de la diversidad tiene un problema definitorio, y conlleva a una instrumentalización de la cultura, y a una segunda simplificación, la de lo cultural como un ámbito de los derechos y la de lo artístico como un ámbito de los deseos. Pero resulta que ese ámbito de lo artístico no siempre se traduce en meras necesidades, ya que eso artístico y cultural moviliza más que necesidades, ya que fuera del territorio de lo funcional, hay un sentido de trascendencia, de esperanza y de deseo, sentido que no aflora cuando se trata a la cultura desde su aspecto social, como camino hacia la paz. En cambio si aflora cuando lo cultural se aborda desde lo estético. Aquí vale la pena señalar una crítica que podría hacerle a la propuesta de Ochoa, ya que ella dice que ese carácter trascendente del arte y de la cultura, puede aflorar también en el ámbito de lo comunicativo, y yo personalmente, como artista, creo que el arte, en muchos casos no pasa por la transmisión de información, ni contiene en sí mismo algún mensaje y por tanto, en el sentido tradicional del término “comunicación”, el arte no podría manifestarse trascendente en ese ámbito.

Aquí Ochoa parece tomar una posición conciliadora, entre la dualidad de concepciones, por un lado una cultura trascendente que solo tiene posibilidad de existencia fuera del marco de lo social y su instrumentalización para la paz; y por otro lado, un arte y una cultura que logran su trascendencia precisamente al cumplir una función social tangible. Esta dualidad parece análoga a la discusión crítica sobre el arte moderno, explicada por , Christoph Menke (1997), entre la idea de un “arte autónomo” y un “arte soberano”. Esta discusión crítica no es tan simple como una dualidad, entre un “arte por el arte” y un “arte solidario” o “arte políticamente comprometido”, ya que los productos de la cultura y el arte nos llevan a encrucijadas de sentido, como lo comprueba el propio Menke. En medio de esta complejidad, Ochoa introduce un nuevo concepto, “lo cotidiano”, convirtiendo nuestra (simple) dualidad en una triada de sentido alternativo, asumiendo de paso una posición conciliadora, diríamos siguiendo el libreto que le dicta su papel como funcionaria del Ministerio de Cultura (Ochoa: 2003, pág. 58):

En las estrategias que plantean lo cultural como camino hacia la paz, se establece por tanto una relación compleja entre lo cultural como lo cotidiano y lo cultural como lo estético, ligados ambos a las necesidades de alternatividad en la reconstrucción de lo social, en una dialéctica permanente entre cultura como campo de deseo y como campo de derechos.  

Tal vez Ochoa se refiere a lo cotidiano, como ese lugar para la construcción de subjetividades, que como dije arriba es el lugar de construcción de múltiples definiciones de conceptos como “paz” o “cultura”. Entonces, seguimos de momento, construyendo la definición, dejando de lado cualquier ánimo de clausura, en cambio debemos abrir nuestra sentidos a una suerte de definiciones más complejas y abiertas, pero sin querer justificar discursos de paz o pretender obligadas posiciones conciliadoras (Ochoa: 2003, pág. 66).

Podemos decir que en la actualidad la forma de establecer el valor cultural de la relación entre lo estético y lo cotidiano a través de las políticas culturales es un campo en disputa que se ha exacerbado debido a la multiplicidad de lugares desde donde se constituye el sentido de las políticas culturales y debido a la manera diferenciada como distintos teóricos abordan la problemática entre estética, cultura y poder.

En el caso de Ochoa, quien como funcionaria del MC tuvo que lidiar con el diseño de una política cultural en medio de esta complejidad, otro factor conflictivo era el de la capacidad de circulación de productos culturales en diferentes regiones y circuitos regionales, urbanos y rurales. En este punto me interesa mucho el concepto de recomposición de geografías simbólicas en Colombia, que se refiere a (Yúdice: 2001) procesos independientes que establecen sus propios flujos artísticos. Procesos en los que inciden las políticas culturales y que paso generan nuevos lenguajes en la comunicación de sus procesos. Para Ochoa lo comunicativo, por tanto, es constitutivo de las políticas culturales, para lo cual cita el texto interculturalidad y comunicación de Alejandro Grimson:
                 
No se trata aquí de postular una teoría de la comunicación desligada del conflicto, en la cual a mayor comunicación, mayor cohesión societal; se trata más bien de entender la negociación permanente de malentendidos y conflictos simbólicos dentro de esferas desiguales de poder como una dinámica constitutiva de lo cultural y lo societal.
                 
No obstante la aclaración sobre el concepto comunicación, nos queda la duda precisamente sobre su aplicación en la cultura y las artes instrumentalizándolas, ya que según Ochoa (2003: pág. 77-78) toda política cultural que involucre lo estético –creo que  toda polìtica cultural debe involucrar lo estético-, tiene un doble proceso de movilización de significaciones uno con fines estéticos  otro con fines sociales y:

Comprender lo político de las políticas culturales implica poner a dialogar teorías de poder que se han desarrollado desde la comprensión de la manipulación formal de lo artístico y teorías de poder que se han desarrollado desde una crítica deconstructiva a las dinámicas comunicativas de la cultura –es decir, de circulación de textos. Varios analistas de la relación arte-poder han notado el frecuente desfase de teóricos de lo cultural, al considerar lo político en lo discursivo sólo en términos de representaciones sociales y no también en términos de las dinámicas formales (…)

Para cerrar esta reseña del notable trabajo de Ochoa, quisiera además de dejar sembrada la duda sobre el sentido de la comunicación cuando se refiere a las obras de arte y en parte también a los productos culturales, ya que como afirme arriba, no creo que las obras de arte o productos culturales necesariamente sean producidos con fines comunicativos, ni su interpretación o percepción tampoco debe pasar por allí; reconozco la necesidad de pensar lo comunicativo en el trabajo de pensar políticas culturales, ya que según el enfoque de Ochoa, y de cualquier persona encargada de formulación de programas que se constituirán políticas, es “traducir” un deseo en una acción concreta, y ese proceso de traducción necesariamente es parte de esa comunicación de lo cultural que entiendo como ese límite  donde la teoría se hace práctica.



Referencias

Ochoa Gautier, (2003). Entre los deseos y los derechos, un ensayo crítico sobre políticas culturales, La Silueta, Bogotá.

Menke, Christoph [1991]: La soberanía del arte. La experiencia estética según Adorno y Derrida, Visor, Madrid (1997).


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