domingo, 2 de febrero de 2014

La práctica cartográfica como un ejercicio contra el mal de ojo



Reseña del capítulo introductorio Aventuras de un cartógrafo mestizo del libro El oficio de cartógrafo, travesías latinoamericanas de la comunicación en la cultura, de Jesús Martín-Barbero. 

A continuación haré una reseña dónde comentaré de forma general los temas y cuestiones, a mi juicio más notables, planteados por Jesús Martín-Barbero en la Introducción: Aventuras de un cartógrafo mestizo, del libro El oficio de cartógrafo, travesías latinoamericanas de la comunicación en la cultura, del 2002, que he leído en su primera edición del Fondo de Cultura Económica, seguidamente estableceré una relación entre las ideas de un “mal de ojo” y de “cartografía nocturna”, planteadas por Martín-Barbero. 

El libro El oficio de cartógrafo, travesías latinoamericanas de la comunicación en la cultura, surge según el autor de una demanda (editorial) de juntar en un volumen los textos sobre comunicación escritos por él mismo en la década de 1990. Pero el mismo Martín-Barbero aclara que no es una simple antología, tanto como un “artesanal ejercicio de cartografía”, que surge de una vista en retrospectiva de su propio trabajo, -que no es hacer mapas-, sino hacer textos críticos y analizar las situaciones que en su momento fueron cruciales para la comunicación; trabajo que realizó mientras viajaba principalmente por Sur-América. Debido a que Martín-Barbero no es cartógrafo, tuvo que hacer una indagación de la situación en la que se encuentra ese oficio (de hacer mapas) para tratar de encontrar lo que de ese oficio le concierne; es decir, tratar de encontrar la forma de hacer un mapa que muestre la situación de la comunicación en la década de 1990 en Latinoamérica. 

En esa búsqueda, Martín-Barbero encuentra tres problemáticas de cartografía: primero, la idea de que un mapa es sobre todo un filtro, que sirve para reducir, deformar y simplificar las formas del espacio representado. Segundo, que los nuevos mapas satelitales y ultra tecnológicos pueden emborronar ciertos espacios mediante una estetización digitalizada, alejándonos, tercero, del humano que habita ese espacio y de su drama cotidiano, de esta manera los mapas en la actualidad parecen situarnos en terreno demasiado estable, alejándonos de las incertidumbres de la formulación de un camino propio, invitándonos a despreciar la posibilidad de trazar nuevos itinerarios, acentuando nuestro miedo a la posibilidad de perdernos y así mismo de encontrarnos. 

En medio de este estéril panorama, en el que proponer una cartografía parecería un error, Martín-Barbero propone comenzar frases poéticas de quién él define como: 
un experto cartógrafo, Michel Serres ha escrito: Estamos ante una lógica cartográfica que se vuelve fractal –en los mapas el mundo recupera la diversa singularidad de los objetos: cordilleras, islas, selvas, océanos- y se expresa textual, o mejor textilmente: en pliegues y des-pliegues, reveses, inter-textos, intervalos. Es lo que condensa para Serres la imagen de Penélope tejiendo y destejiendo el mapa de los viajes de su marido, mapa del mar soñado, del real entre-tejidos en el canto de Homero. 

Entonces me imagino a Martín-Barbero como una suerte de Penélope, imaginando viajes y al mismo tiempo como un Ulises, haciendo vajes y como un Homero, describiendo viajes, tres en uno. Un cartógrafo empírico o artesanal que aspira “a renovar el mapeado de los estudios en comunicación, empezando por relatar la pequeña historia de mi empeño”, con una ponenecia de 1983 titulada “mapa nocturno”, que Martín- Barbero (2002, pág. 17) busca describir un recorrido para andar a tientas (como en la nche oscura) a traves de: 
(…) las mediaciones socioculturales desde las que operan y son percibidos las mediaciones comunicativas, (…) que al tornarse lugar antropológico de la mutación cultural que introduce el espesor comunicacional de lo social, reconfiguran hoy las relaciones entre sociedad, cultura y política. 

Para desarrollar este propósito descriptivo Martín- Barbero (2002, pág. 17) pretende hacer una cartográfía sin hacer una clara distinción entre dos formas de descripción, la producción de un mapa, y la producción de una crónica, casi homolagando ambas formas en el oficio de cartógrafo, advirtiendo que “hay un especial sabor que resulta de esa mezcla, que ojalá no disguste demasiado al lector”. En éste terreno ambiguo entre los límites de lo cartográfico, el autor describe a modo de crónica su trabajo en la década de 1990, cuando él empieza a estudiar la comunicación desde la cultura, invirtiendo la pregunta bastante esloganizada para ese entonces sobre las comunicación como proceso de dominación, para cambiar la premisa entendidendo al dominación como un proceso de comunicación. Es decir, tratar de hacer visible: 
no sólo las tretas del dominador, sino también aquello que en el dominado trabaja a favor del dominador, esto es la complicidad de su parte, y la seducción que entre ambos se produce (…) Entre los comunicologos cundió el desconcierto: decían integrados ellos (¿sin saberlo?). Y entre los estudiosos sociales de izquierda estalló la rabia.  

Ese trabajo des-colocado entre los mapas y las crónicas; des-ubicado entre los estudios hasta la década de 1990, ya tradicionales para el campo de la comunicación, es el lugar de las cartográfias nocturas, donde las descripciones siguen un interés hacia lo popular, como una categoría que navega entre lo tradicional y lo masivo (ambas son nociones de lo popular) busca definir una cultura cotidiana en América Latina, y ya que realizar este trabajo de definición no es cosa sencilla, siguiendo a Raimond Williams es necesario identificar lo residual, lo que del pasado se halla aún dentro del proceso cultural como elemento vigente, y un lugar fértil para encontrar eso residual de la cultura en Latinoamerica, según Martín-Barbero, son las telenovelas: 
Si había un producto y una práctica comunicativa en la que se hacía evidente lo mejor y lo peor de la complicidad entre lo popular y lo masivo era ese género, nieto bastardo de la tragedia griega y la pantomima melodramática en que callejeramente se escenificó la Revolución Francesa, el hijo ídem del folletín franco-inglés y la radionovela cubana, apareados desde los inicios de la televisión latinoaméricana por la sagacidad publicitaria de Colgate Palmolive. 

Este hallazgo de la Martín-Barbero me recuerda esa recomendación que se le hace a todo aquel que busca un tesoro: que se puede hallar en el lugar más inesperado, como la imagen de un grupo de mariposas coloridas y radiantes que revolotean alegremente sobre un bollo de materia fecal. 

Personalemte no me gusta la televisión a pesar de que fui criado por ésta -mi infancia transcurria entre rutinas escolares y la franga infantil y de novelas de los tres canales públicos de la señal televisiba nacional en la misma década en la que Martín-Barbero escribiera los articulos que componen el libro “oficio de cartogràfo” (1990-2000)-, desde hace mas o menos cinco años me fui descepcionando de los productos de la televisión, ya que al encotrarme, con cada vez menos frecuencia, sentado frente a la pantalla, sentía que esperaba algo que no iba a llegar, como un receptor pasivo condenado al fracaso. Paulatinamente me fui encontrando con una literatura, que hoy podría llamar juvenil (en cabeza de Ernesto Sabato), toda un cuerpo de reflexión conceptual sobre la calidad de los programas de televisión y una crítica al papel de-formativo de los productos televisivos, y acompañada de esta crítica, fui construyendo un imaginario negativo sobre esos momentos de recepción pasiva, que seún pensaba me convertían en una presa rídiculamente fácil de ese de ese mounstruo moderno, que ataca con las modas dispersando ese vicio virulento del consumo de productos innecesarios y contaminantes. Para resumir hace más o menos cinco años he venido construyendo un imaginario sobre la televisión en general, y en particular sobre las telenovelas, como que son una especia de transmisor de una enfermedad. Siguiendo esas ideas, sin proponermelo, asumí un resistencia al consumo de televisión (esta práctica, espero que a futuro, sea el germen de una resistencia más ambiciosa: una resistencia al consumo de cualquier tipo de producto, que en cualquier fase de su producción, contamine, malgaste o afecte los derechos de las personas que los producen o de nuestro planeta). 

Actualmente, muy convencido de mi práctica de resistencia a la televisión, me resulta sorprendente el hallazgo de Martín-Barbero, no obstante las dudas me asaltan al considerar la realización de una crítica de un producto cultural que de entrada me parece enfermizo. Como si un crítico de arte, muy católico y conservador, que es movido a escribir o revisar sobre una producto cultural vanguardista y retador, un producto que además de no afectar su “cultivada” sensibilidad, no moviliza sus afectos, entonces su crítica estará destinada a encarnar en el mejor de los casos un panfleto o un decreto prescriptivo, como lo demuestra el famoso caso de “El expresionismo como síntoma de pereza e inhabilidad en el arte” crítica que Laureano Gómez (1937) hace a la tendencia de un grupo de artistas colombianos de promover las ideas del muralismo mexicano en Colombia. 

Martín-Barbero (2002) que reconoce esa resistencia que hubo entre muchas personas que como yo, no consideran por múltiples razones a las telenovelas como un terreno fértil para sus investigaciones, “ya que frente a todos aquellos para los que constituía únicamente el subproducto cultural más marginal de la gran CULTURA, la telenovela se me volvió la manifestación más significativa latinoamericana de lo residual” y es precisamente a esa otra enfermedad, ya no la que acabo de describir: la de ver televisión; sino ahora la de no querer verla, a la que Martín-Barbero se refiere como “mal de ojo”: 
Despreciar el melodrama, y en los últimos años la telenovela, ha sido uno de los modos como la élite de derecha e izquierda se distingue / distancia de los humores del populacho. Distanciamiento que viene de lejos: confundiendo iletrado con inculto, las élites ilustradas desde el siglo XVIII, al mismo tiempo afirman al pueblo en la política lo negaban en la cultura, haciendo de la incultura el rasgo intrínseco que configuraba la identidad de los sectores populares, y el insulto con el que tapiaban su interesada incapacidad de aceptar que en esos sectores pudiera haber experiencias y matrices de otra cultura. Y es por eso que llevo años preocupado por la persistencia del que insensibiliza a tantos intelectuales, y a buena parte de las Ciencias Sociales en Latinoamérica, a los retos culturales que plantean los medios, insensibilidad que se intensifica (…) hacia la televisión. 

Es así que Martín-Barbero, nos propone reconocer la investigación académica en comunicación para la década de 1990, como muy ubicada en la discusión sobre el poder, en cambio él nos propone des-ubicarnos, aproximándonos a lo popular y dando una importancia capital a eso antes despreciado como objeto de estudio. Considero que esta propuesta de des-ubicación es más una propuesta estética que una simplemente académica de investigación, ya que como el mismo autor advierte, “Largo y difícil trecho pero secretamente iluminado (benjaminianamente) por aquel dicho de Gramsi: , y afectar viene de afecto. 

Como propuesta afectiva, la des-ubicación de Martín-Barbero es una apuesta interesante. Pero el gusto por cierta estética no siempre se comparte, es subjetivo, como advertiría el mentado Inmanuel Kant en su crítica del juicio. Yo particularmente, no comparto ese gusto por las telenovelas y no quiero verlas, ni como producto cultural fuente de una investigación académica, ni como espectador pasivo, entones ¿estoy padeciendo de

Al parecer este es un síndrome muy extendido, el mismo Martin-Barbero (2002, pág. 29) nos cuenta en una pequeña crónica, sobre su propio padecimiento de con la película melodramática “la ley del monte”, que permaneció en cartelera seis meses en Cali: 
Fue un éxito popular que convirtió a esa película en un fenómeno más que sociológico, casi antropológico. Al poco de empezar la sesión mis profesores amigos y yo no pudimos contener las carcajadas pues solo en clave de comedia nos era posible mirar aquel bodrio argumental y estético, que sin embargo era contemplado por el resto de espectadores en un silencio asombroso para este tipo de sala. Pero la sorpresa llegó también pronto: varios hombres se acercaron a nosotros y nos gritaron <¡o se callan o los sacamos!> A partir de ese instante, y hundido avergonzadamente en mi butaca, me dediqué a mirar no la película sino la gente que rodeaba (…) y mientras, como en una especie de iluminación profana, me encontré preguntándome: ¿qué tiene que ver la película que yo estoy viendo con la que ellos ven?, ¿cómo establecer relación entre la apasionada atención de los demás espectadores y nuestro diferenciado aburrimiento?, En últimas, ¿qué veían ellos que yo no podía ver / sabía ver? Y entones, una de dos: o me dedicaba a proclamar no sólo la alienación sino el retraso mental irremediable de aquella pobre gente o empezaba a aceptar que allí, en la ciudad de Cali, a unas pocas cuadras donde yo vivía, habitaban indígenas de otra cultura muy de veras otra (…) y si lo que sucedía era esto último: ¿de qué y a quién servían mis acuciosas lecturas ideológicas? A esas gentes no (…) y entonces, si todo mi pomposo trabajo desalienante y “concientizador” no le iba a servir a la gente del común ¿para quién estaba yo trabajando? El escalofrío se transformó en ruptura epistemológica: la necesidad de cambiar el lugar desde donde se formulan las preguntas. 

Esa exigencia de silencio que hace la gente del común al académico es un acto notable, que propone una des-localización del intelectual y sus pensamiento, propiciando un desplazamiento (o apertura) metodológico del objeto de estudio, que le permita al académico “ver con la gente, y a la gente contar lo visto”, ya que lo que dicen las telenovelas a la gente no es lo que esta escrito en sus guiones melodramáticos, ni tampoco lo que dicen las encuestas de recepción de la televisión, en cambio, (Martín-Barbero, 2002, pág. 30): 

Se trata de un decir tejido de silencios: los que tejen la vida de la gente que -y menos escribir- y aquellos otros de qué esta entretejido el diálogo de la gente con lo que sucede en la pantalla. Pues la telenovela habla menos desde su texto que desde el intertexto que forman sus lecturas. En pocas palabras nuestro hallazgo fue éste: la mayoría de la gente goza mucho más de la telenovela cuando la cuenta que cuando la ve. 

Siguiendo con las definiciones de pocas palabras, el es entones un padecimiento cuyo síntoma es la incapacidad de ver lo popular a través de la mirada del hombre común, es sentir diferente a los demás y despreciar el sentir más generalizado, eximiéndose de sentirlo. El es una insensibilidad, pero es también otra sensibilidad. Así como para los ciegos hay un lenguaje en braille, me imagino los mapas con relieves y texturas –mapas táctiles- como una alternativa cartográfica, que en los museos, se convierte en una audio-guía, descripción de un recorrido y de las obras “vistas” en él. Esa descripción en forma de crónica narrada (un mapa) es una propuesta para el , entendiendo que estas crónicas, igual que la audio-guía de un museo no es sino un paliativo contra el , es solo un recorrido demarcado donde se reclama al visitante del museo, salirse del relato, inventar su propio recorrido, esta audio-guía solo podrá ser eficiente contra el , en la medida en que el visitante/enfermo pueda contar lo que pasó en su recorrido y de esa manera, crear nuevos recorridos. 

Una década después de este estudio de Martín-Barbero, asistimos a la transformación de las telenovelas en narco-novelas; a la transformación de los relatos de lo que pasó en la telenovela y a nuevas formas de estudiar lo popular; a nuevas cartografías. Esperamos -en medio de una oferta de televisión enfermiza- con ánimo apocalíptico, que las palabras de Borges (1981, pág.143-144) sean premonitorias: “menos adictas al estudio de la cartografía, las generaciones siguientes entendieron que ese dilatado mapa era inútil y no sin impiedad lo entregaron a las inclemencias del sol y los inviernos”; esperamos una utopía, que una década después, los productos culturales populares ya no sean más las narco-novelas y abran paso a manifestaciones de actualización de las tradiciones en generaciones más jóvenes; para resumir, aspiramos a superar ese estadio del mal de ojo, en el que los productos culturales (populares) trabajan a favor del dominador y a pesar del dominado. 


Referencias: 

Martín-Barbero, Jesús Martín (2002), Oficio de cartógrafo, travesías latinoamericanas de la comunicación en la cultura. D.F. México: Fondo de Cultura Económica. 

Borges, Jorge Luis (1981), El Hacedor. Madrid: Alianza. 

Gómez, Laureano, (1937), El expresionismo como síntoma de pereza e inhabilidad en el arte. Revista Colombiana, núm. 85, Bogotá, enero 19 de 1937. Disponible ne línea en 
http://www.banrepcultural.org/blaavirtual/todaslasartes/procesos/cap29.htm 

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